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¿Qué significan utopía, esperanza y fe?

Jesús le dijo: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?» (Juan 11:40)
Entendemos como utopía a un modo optimista de concebir cómo nos gustaría que fuera el mundo, con una carga idealista particular. 
La esperanza en cambio es como un estado de ánimo en el cual se cree que aquello que uno pretende o desee es posible. La desventaja de la esperanza es que tiene el vicio de querer apoyarse en sustentos lógicos. 
Y así nuestros retrasos y demoras se deben simplemente al apelar a nuestro propio camino de razonamientos para todo. Razonamientos que casi en su totalidad están formados por elementos endebles, flojitos de papeles, experiencias, opiniones sin autoridad, juicios de personas sin frutos, filosofías baratas o de moda, bolazos disparados desde la tele, sin el requisito de la coherencia de los principios verificados. 
Empantanados en el cálculo, perdemos las fuerzas en tratar de tener la razón y entender el por qué. La técnica no debe conducir, sino que debe obedecer al creer. El instrumento debe seguir al propósito y no al revés.
Jesús nos trae la opción más simple y menos estresante: tener fe, solamente creer. 
El creer abre las puertas a nuevas opciones. El creer nos impulsa a dar el primer paso y nos dice hacia dónde. El primero creer nos acercará la herramienta y la tecnología necesaria. El creer ahuyenta a los negativos y atrae a otros que creen. El creer nos sacará de aprietos y nos libera de intentar hacer todo por nuestro propio cuero.

El Señor dijo también: «Simón, Simón, Satanás ha pedido sacudirlos a ustedes como si fueran trigo; pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, cuando hayas vuelto, deberás confirmar a tus hermanos.» (Lucas 22:31-32)
Ahora bien, tener fe es estar seguro de lo que se espera; es estar convencido de lo que no se ve. Gracias a ella, nuestros antepasados fueron reconocidos y aprobados. Por la fe entendemos que Dios creó el universo por medio de su palabra, de modo que lo que ahora vemos fue hecho de lo que no se veía. (Hebreos 11:1-3)






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